
La fórmula se había materializado eficazmente en las procesiones de Semana Santa en tierra de moros: Andalucía y Sevilla; y calan muy bien en el espíritu americano y particularmente en regiones con alta población indígena como Quito, pues a esa población le atrae mucho el colorido, las luces, el oro, los movimientos, la teatralidad... Ortiz precisa que en Quito las procesiones se hacen prácticamente desde el inicio de la vida de la ciudad, con el interés de “incorporar a la población activamente en las devociones”, pues siempre estaba el peligro latente de que en una sociedad básicamente analfabeta, tanto mestizos como indígenas desarrollen “prácticas religiosas heterodoxas donde se mezclen cosas y puedan deslizarse luego al paganismo”...
Las procesiones y liturgias de la Semana Santa abren la posibilidad de que la gente que ordinariamente pasaba desapercibida en sociedad, se manifestara públicamente. Los indios desfilan en las procesiones, así como los mestizos, los gremios de artesanos, zapateros, pintores, plateros... Todos los grupos se muestran y si bien siempre guardan la jerarquía, cada núcleo social exhibe su poder y su posición dentro de la sociedad.
Sobre el sentido de la Semana Santa, la historiadora del arte Carmen Fernández explica en la revista Patrimonio de Quito de junio de 2005 que “el espectáculo que se mostraba (esta suerte de teatro religioso), tanto ante los neófitos como ante los cristianos conversos generaba sentimientos de empatía que se esperaba llevaran tanto a la conversión de los unos, como al fortalecimiento de la fe de los otros. Incluir a indígenas como actores, combinando muchas veces prácticas prehispánicas como la danza y el canto con la narrativa cristiana, permitía integración de grupos subordinados a la comunidad cristiana.”
Fernández asegura que “El teatro religioso formó parte de la cotidianidad y del ritual público en las ciudades coloniales.” Mucho se ha dicho sobre la función y los efectos del ritual en la sociedad y la historiadora Fernández rescata uno de estos aspectos: “El ritual tiene la capacidad de alterar cosas y lugares ordinarios confiriéndoles un carácter sagrado.” Para aumentar el dramatismo y realismo del momento, la puesta en escena de la pasión del Señor Jesucristo utilizaba figuras escultóricas articuladas -particularmente de Jesús- que lo mostraban primero en la cruz y luego como Cristo yacente (la ceremonia del descendimiento aún toma lugar en varios templos de Quito y se vale de estas esculturas que se ‘mueven’).
¿Qué sensaciones y emociones despertaban estos rituales en sus participantes y testigos? La ya mencionada revista Patrimonio de Quito recoge las impresiones de Friedrich Hassaurek, diplomático norteamericano que vivió en Ecuador en la década de 1860, a quien nada impresionó tanto como “el llanto y los gemidos de dolor proferidos por la devota audiencia en respuesta a la escenificación teatral; tal era el dolor y sufrimiento del momento que parecería ser que los fieles estuviesen presenciando el evento original y no su reconstrucción mimética.”
Impresionado por cómo el pueblo de Quito se ‘tomaba a pecho’ la escenificación de la Semana Santa, Raigecourt relata a su paisano Alcide D’Orbigny en 1841 que el papel de los judíos en la procesión “era tan odiodo que en toda la ciudad no se encontraba vecino alguno dispuesto a asumirlo por voluntad propia”. Cuenta el extranjero que en aquél año en medio de la marcha, se encontraba un desagüe abierto “pero imposible de distinguir en medio de la muchedumbre. Cuando los judíos que seguían el ataúd de Nuestro Señor... desaparecieron súbitamente por el orificio, para gran satisfacción de quienes, llevados por la ilusión de la ceremonia... vieron en el accidente como un justo castigo del cielo (para los judíos que habían condenado a Jesucristo).”
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