
El sentido original de la Semana Santa
Una celebración perdida, recuperada y vuelta a suprimir
Breve bibliografía
Una de las mayores ceremonias de la Colonia
“Mil almas santas encabezaban la procesión... un cortejo de músicos enmascarados vestidos de morado... una muchedumbre de negros vestidos uniformemente con trajes azul rey... dos hileras de monjes... una multitud de individuos ataviados con indumentarias variopintas armados de palos, sables, espadas, lanzas y linterna en mano. Éstos representaban a los judíos...”
La descripción pertenece a la obra del notable naturalista francés Alcide D’Orbigny, quien en su libro Viaje pintoresco por las dos Américas, consignó en páginas impregnadas de asombro el testimonio de otro ciudadano europeo, Raigecourt, recogido en 1841 sobre la Semana Santa quiteña.
“A partir de estos documentos puede uno darse cuenta del tamaño de esta procesión, en que absolutamente toda la ciudad de Quito o estaba actuando en ella o estaba mirando. ¡Ninguna persona quedaba fuera!” Alfonso Ortiz Crespo, notable investigador dedicado a la historia de Quito y autor de un estudio sobre la Semana Santa colonial, explica con vehemencia cómo una vez que Quito se establece como ciudad, este acontecimiento de recordación y reflexión cristiana desata una de las ceremonias más vistosas y de mayor convocatoria durante la Colonia hasta que -a mediados del siglo XIX- el presidente José María Urbina suprime esta gran ceremonia impulsado por un acercamiento a la ideología liberal.
La Semana Santa se recupera luego, pero los ecos de la celebración original llegan hasta el siglo XX, como se puede ver en las palabras de un lúcido cronista de Quito, Luciano Andrade Marín, quien escribió en 1964: “Nada hubo más grandioso ni más solemne en el Quito de nuestros abuelos que la procesión del Viernes Santo.” Su recuento de esta magna celebración nos habla de “una legión entera de fieles penitentes que llevaban una soga al cuello, silicios y hasta rótulos infamantes y que andaban de rodillas desvaneciéndose a cada momento. Seguían diablos horribles que iban tentándoles, judíos de duro ceño, almas santas en albos trajes, danzantes caprichosos y cargadores de andas limosneando monedas”. Andrade Marín asegura que la toca de los cucuruchos (figuras encapuchadas, con un altísimo bonete sobre la cabeza) sobrepasaba los balcones de la ciudad, donde se congregaban los habitantes para mirar la fastuosa procesión...
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