Es Viernes Santo, ¡aplaudan a Jesús del Gran Poder!

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Es Viernes Santo, ¡aplaudan a Jesús del Gran Poder!

La procesión del Jesús del Gran Poder se realiza el Viernes Santo en Quito a partir de la década de los sesenta del siglo XX. Actualmente esta es una de las mayores manifestaciones de fe popular en la ciudad.

Los cucuruchos, las bandas musicales y las Verónicas salen en silencio de la iglesia de San Francisco. Se abren espacio entre la multitud que espera al Jesús del Poder para acompañarlo en su calvario. Es Viernes Santo. La procesión arranca a las 12:00. Son varios kilómetros, un viaje de penitencia, para expiar culpas, arrepentirse de los pecados, cumplir promesas y sacrificios. Hay fieles que cargan inmensas cruces de madera recubiertas de ortiga lacerante y rezan con angustia. Pero no es suficiente: arrastran sus pies descalzos sin importar el pavimento áspero. En la procesión también hay niños, a pesar de no tener el permiso de los padres franciscanos, que pagan por las culpas de los grandes. “El Diosito ya salió”, anuncian las beatas y la peregrinación empieza.

 Es Viernes Santo, ¡aplaudan a Jesús del Gran Poder!

Recién a las dos horas del desfile se vacía la plaza de San Francisco. Son más de cinco mil devotos hacia el Calvario. Entre los últimos del cortejo están la imagen de la Virgen Dolorosa sobre un anda tallada por el artista quiteño Manuel Chili, “Caspicara”, en el siglo XVIII; y la escultura del Jesús del Gran Poder, sobre otra anda de palo de balsa que talló el padre Carlos, célebre artista franciscano, en 1620. Mientras un sacerdote lee la sentencia de muerte de Jesucristo, la gente mira al cielo por si acaso: en Viernes Santo –dicen– que siempre llueve.

El viernes amanece muy temprano en el interior del convento franciscano. A las 06:00 se abren las puertas para que los participantes inscritos se alisten. El cucurucho que llega tarde corre el riesgo de quedarse sin el traje y el bonete morados. Los velos de las Verónicas también se agotan y es muy extraño ver a una de ellas con el rostro descubierto. Ellas representan a la mujer que limpió el rostro de Jesús en su camino hacia la pasión. Los quiteños también madrugan para ubicarse en un buen sitio y ver pasar la procesión. Hay privilegiados moradores del Centro Histórico que desde los balcones no se pierden ni un solo detalle.

La prueba de fe es dura. La procesión desciende por la calle Bolívar, junto a San Francisco, hasta la calle Venezuela, dobla hacia el norte y va derecho cuesta arriba hasta la Basílica del Voto Nacional. Tras superar la empinadísima calle Matovelle, por detrás de la Basílica, va de regreso a San Francisco, descendiendo por la larga calle García Moreno. Los cristos crucificados aún caminan a pesar de que las cadenas lastimaron sus pies y el peso de las cruces hizo sangrar sus hombros. Piden ayuda entre los espectadores para aliviar la carga. Los cucuruchos pasan agachados, cojeando, la gente se acerca y les da de beber agua fresca. Toman aliento y siguen.

Es Viernes Santo, ¡aplaudan a Jesús del Gran Poder! En San Juan se escucha con nitidez el monótono compás de las marchas fúnebres ejecutadas por bandas tradicionales, abuelos, padres e hijos se toman la posta en el tiempo para interpretar un instrumento. Ser parte de la banda es una tradición musical, que va de generación en generación. Es un ensamble que reúne a tres generaciones: los abuelos ejecutando su parte con el peso de los años; los padres orgullosos de haber perpetuado la costumbre; los niños y niñas mostrando ya un dominio de los sencillos compases de los cantos religiosos.

La Virgen aparece por la cuesta de la Matovelle. La gente aplaude. Los fieles le lanzan flores mientras renuevan sus promesas, pero aún no hay señal del “Diosito”, ni la habrá por mucho tiempo. S on tantos los seguidores de la procesión que en el camino se han sumado a ella, que la Virgen –inicialmente precediendo al Jesús del Gran Poder con pocos metros– se ha separado varias cuadras de la imagen que cierra el gran desfile.

El recorrido, que un caminante sin prisa realizaría en 30 minutos, les toma a la Dolorosa y al Jesús del Gran Poder cinco horas. Pese a ello, en San Francisco hay quienes esperan con ansia a las sagradas imágenes. El entusiasmo se dispara cuando aparece por la esquina nororiente de la plaza la “virgencita” con su blanco traje y, abriéndose paso entre la muchedumbre, se instala sobre su anda en el atrio del templo. (¡Vaya que es un atrio enorme, los 100 metros de ancho por 12 de profundidad permiten a los voluntarios maniobrar los vehículos de madera con total soltura!).

Los cucuruchos, los cristos y las Verónicas hace tiempo que se han despojado de sus marcas penitenciales y ahora esperan aliviados la llegada del Jesús del Gran Poder. Tras el arribo de la Virgen, el sacerdote Walter Heras, provincial de la Orden Franciscana en el Ecuador, se dirige a la multitud de fieles que otra vez llena la plaza. Alguien pasa la voz: “¡el Jesús del Gran Poder se aproxima!” La banda militar ejecuta el Himno Nacional de la República del Ecuador y resuenan una y otra vez los vivas en la plaza. La pasión ha concluido y da inicio la adoración.